La voz y el cuerpo de las márgenes colombianas en el Museo de Arte de Caldas

obra en exposición Batt

Por Rafael Santander

De muchas maneras se manifiesta la diversidad en nuestro país y el arte es un terreno idóneo para expresarlo. Este parece ser el presupuesto del que parte el Salón BAT con el tema de su VIII edición «Colombia, diversidad cultural y natural», en el cual se reúnen obras de artistas empíricos y populares de todos los rincones del país para mostrarnos la riqueza patrimonial de sus territorios.

Este espacio ofrece una visión del país desde la perspectiva de diversas voces marginales. Se aleja de una visión hegemónica, académica y centralizada, mostrando y demostrando el valor del oficio artístico aprendido fuera de las academias. La idea de «artista empírico» o «artista popular» que puede traer a la mente la de «artista aficionado» con las connotaciones que esto implica: técnica subóptima, abordajes temáticos inocentes o estilos poco desarrollados, no puede estar más lejos de la realidad. Lo que vemos en este salón es de una calidad técnica, una madurez, una sagacidad y una sensibilidad impresionantes.

Estas habilidades artísticas adquiridas por fuera de la educación formal parecen implicar una libertad estética que le rehúye al esnobismo, a los dogmas académicos y a las pretensiones intelectuales para, alejada de la timidez y desde una plena sinceridad y una madura inocencia pone en frente nuestro obras que, como si se trataran de un espejo, son tan profundas como podamos o queramos verlas. Estos temas tan íntimos y tan personales, tan arraigados al territorio, a la tradición y a las culturas locales, mucho más distanciado de tendencias importadas y artificialmente controladas por algoritmos y sistemas de medios, resultan de una transparencia, una pureza y una universalidad que solo puede expresarse, precisamente, a través del artista popular que carga con el respaldo de sus raíces y su tradición y que expresa esta cosmovisión suya, compartida con su comunidad.

Gran cantidad de las obras presentes en el Salón se acomodan a este paradigma: son una representación de lo vivo, de lo bello, de lo particular de la cultura y naturaleza de un territorio. Muchas obras son representaciones del patrimonio inmaterial de artistas de comunidades rurales, de aquello que resulta para ellos valioso, de la riqueza que experimentan en su cotidianidad, sea esta de origen humano, como sus costumbres, su música, sus festividades y oficios, o natural, como la geografía, la fauna y la flora del territorio. Incluso reducido a esto, la exhibición del Salón BAT no carecería de interés, pero este es mucho más que una muestra folklórica hecha con las mejores intenciones, y esto queda muy claro gracias al trabajo de curaduría y museografía, que canalizan acertadamente la fuerza que reside en esta exhibición a través de la forma como la enmarcan.

            La exposición nos recibe con una obra destacada: «La chagua», el segundo premio, que al estar en toda la entrada nos da un primer contexto. Esta nos ubica dentro del espacio en el que tan cómodamente se mueve la exposición: entre oficios manuales y talleres de artesanía, ubicando el telar en primer plano, como un objeto fundamental, uno que ha construído el país en medio de su humilde silencio y, asimismo, recibe atención el tejido, se lo recuerda como un oficio de dignidad tremenda, que recuerda ese humilde cuidado de madres y abuelas, mujeres tejedoras que a través de su práctica nos han protegido el cuerpo del sol y del frío, de la aspereza de la intemperie.

            Aquí es meritorio interrumpir el discurso y destacar el lugar que tiene el tejido en toda la exposición, es utilizado como técnica artística y como tema en un abanico grande de obras de diferentes formatos, llamando la atención, precisamente, sobre su relevancia cultural.

            Además de «La chagua», otras obras, menciones del jurado y ganadoras de versiones anteriores nos introducen dentro del universo mítico que nutre el imaginario de este conjunto de artistas: la ruralidad colombiana y lo que implica la vida en el campo, la arquitectura, la dinámica familiar, la cercanía con la tierra y la naturaleza —por otro lado, de los artistas urbanos de la exhibición podría decirse que el extrañamiento de esto es uno más de sus elementos— y el último detalle antes de entrar a la exhibición del salón propiamente dicha es la obra ganadora de la más reciente versión del Salón, «Historia de un marco», del artista Juan Descans.

Esta pintura, que merecidamente se llevó el primer premio de la convocatoria, sirve como un marco general para el resto de la exposición, nos habla de un contexto que se encuentra fuera de las demás obras, dicho de otra manera, recontextualiza las demás obras de la exposición al ubicarlas todas dentro de un marco compartido, el suyo.

            «Historia de un marco» es una xilografía hecha con cocaína, según la ficha técnica, no está colgado en la pared sino puesto en el suelo y recostado contra esta en una cama de hojas de coca. El cuadro está compuesto con el propósito de que fijemos nuestra mirada inicialmente en el motivo central, unas líneas de cocaína vistas desde una perspectiva cenital, un «marco» rodea esta imagen, una finca vigilada por un paramilitar, enmarcada a su vez por otra imagen, hojas de coca que llueven del cielo y se transforman en billetes que deja caer una avioneta. Así el cuadro, que inicia con un detalle, va desplazándonos espacialmente hacia afuera, hasta que en su marco externo nos desplaza también temporalmente hasta el momento de la creación del universo, con la representación del mito fundacional del Chiribiquete. Una composición dinámica de de cuadros superpuestos en la que nuestro ojo realiza una espiral del interior hacia afuera en sentido contrario al de las manecillas del reloj, una narración secuencial en una imagen estática, un recuento histórico milenario, una síntesis de un «marco» del que ya poco se habla en los medios y en la plaza: el marco del conflicto.

            El cuadro de manera aislada ya es una obra impresionante, tanto en términos temáticos como estilísticos, pero además tiene tal poder que logra «cargar» las demás obras con este marco también. Así, al ver las demás pinturas y esculturas, es inevitable pensar en que estas imágenes de animales, de mujeres, de artistas, de campesinos, de vendedores ambulantes y habitantes de calle son realizadas por personas que viven en medio de contextos complicados, donde puede haber fuertes disputas territoriales, lugares que pueden estar profundamente afectados por fenómenos como el paramilitarismo y el narcotráfico, lugares donde pese a todo florece, esplendorosa, la vida.

            La exhibición del VIII Salón BAT de Arte Popular es que muestra el poder de las raíces, de cómo el territorio se carga por dentro, de cómo los artistas populares son portadores de unos valores tan propios de su territorio y cultura y de esta manera se convierten en custodios de un patrimonio inmaterial. Y cuando hablo acá de «artista popular» no me refiero necesariamente a los participantes de la convocatoria, sino más bien, a los que no participaron, pero que terminan siendo sujetos de las representaciones pictóricas: gaiteros, flautistas, bailarines, tejedoras, todas aquellas personas que se han encargado de preservar los saberes y oficios tradicionales, de épocas incluso previas a la colonización.

            Estas dinámicas territoriales tan diferentes a las de la ciudad —e incluso cuando los artistas habitan la ciudad la habitan desde una realidad diferente como la cárcel o la condición de calle— nos presentan el país desde unos sistemas simbólicos que nos pueden resultar ajenos, pero con una elocuencia y dedicación que genera la más sincera y entrañable de las empatías. La exposición nos recuerda que ese país tan diferente al del cotidiano de la ciudad es el de la gran mayoría de la población colombiana. Sus obras poseen un aura que resuena con nosotros, amplifica nuestro panorama. Más que nuestra «visión», nuestra «sensación» de país es la que se ensancha y es ahí donde nos encontramos con los márgenes de nuestro territorio, sintiendo esas historias ajenas como nuestras, porque realmente lo son.

            Esto es lo que suscita la experiencia del Salón BAT en general, pero otro amplio espectro de emociones surge a raíz de la apreciación individual de las obras. La exposición está disponible en el espacio del Museo de Arte de Caldas, en la planta baja del Teatro Fundadores, hasta el 13 de noviembre.

exposición arte popular
Scroll to Top